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    EL GIGANTE BONACHÓN, Roald Dahl III y fin.


    Ya lo acabé.

    Es un lujo leer sin prisa cualquier libro de Dahl. Crea, ingeniosa y con una delicadeza admirable, todo lo necesario para introducirnos en la aventura de descubrir un mundo concebido por él, en el que pase lo que pase, por muy extraordinario que fuere, simplemente lo disfrutaremos.

    Con Dahl ocurre, sin más y con todo, y la persona que lee no escoge otra opción que la de seguir disfrutando de la lectura.

    Y así, la persona que lee, viaja en la oreja del gigante bonachón, camino de Londres;

    "Desde su altura, Sofía, contemplaba el triste paisaje, que parecía pasar como una flecha. En realidad avanzaban muy deprisa. El GGB (Gran Gigante Bonachón) daba unos saltos tan formidables como si tuviese cohetes en los dedos de los pies, y con cada paso se elevaba unos treinta metros en el aire. Sin embargo, el gigante aún no había alcanzado su velocidad máxima, que convertiría el suelo en algo totalmente borroso, mientras el viento aullaba de manera terrible, y se diría que sus pies no tocaban la tierra."

    O vive la intensidad de la caza de un sueño, en este caso de un felicissimus doratus;

    "El GGB abrió la maleta y extrajo de ella una serie de tarros vacíos, que colocó en el suelo sin sus tapas de rosca. Luego se enderezó y quedó muy rígido. Su cabeza se hundía ahora en la densa niebla y desparecía a ratos, para volver a surgir entre las brumas. Bonachón sostenía el cazasueños con su mano derecha."

    Y así hasta la última página, en la que aún hay una sorpresa más.

    Un libro ágil, capaz de crear situaciones cómicas en los momentos más tensos, escrito con mirada de niño, y ese Dahl niño es una constante en todo el libro.

    Como ya comenté en una entrada anterior, define los decorados de las escenas a grandes borchazos, pero utiliza, con una habilidad pasmosa, los pinceles finos para los momentos que al autor le parece oportuno.

    Tiene escenas delicadas como cuando los gigantes se meten con GGB porque es pequeñito y le arrean una paliza. Así, sin más.

    O con la solución que adoptan con los gigantes, casi al final.

    Dahl las deja caer, así, a plomo. A veces con las situaciones, a veces con el vocabulario, a veces con el cambio de ritmo de lectura.

    Sólo hay una escena que me chirría, pero creo que es un problema mío. Es cuando Sofía le acerca el tarro para meter en él un sueño. Cuestión de dimensiones en mi cabeza.

    Un libro para disfrutar. Éste hay que volver a leerlo.

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