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    LAS CENAS CONTADAS II


    Definitivamente es un buen libro.
    Dedica todo un capítulo a crear el ambiente idóneo para contar. Describe con sabiduría literaria el espacio y el ambiente idóneo para que la gente que acude al local a disfrutar de una exquisita cena, se anime a compartir historias. Habla de la preparación del ambiente, del orden de los cuentos, de su fragilidad, de los días que no sale tan bien la cosa no porque las historias sean malas sino por el ambiente que a veces crean, de la dificultad de trascribir lo oral a lo literario, de la pérdida que conlleva por muy bien que se haga (y mira que Ignacio escribe bien), de la importancia del orden en lo oral, de evitar el humor zafio, los móviles que faltan el respeto a la desnudez de alguien que está contando y al esfuerzo de los que gozan de escuchar...
    Dos frases de este capítulo:
    ...nuestra vida se resume en una sucesión de historias que hemos vivido o que nos han contando (que al fin y al cabo es otra forma de vivir, aporto yo a la frase), historias que han moldeado nuestra mirada y han acuñado nuestra sensibilidad... Y de ahí que podamos decir que somos lo que contamos.
    ...que las historias fluyan en el silencio cómplice del que escucha, ese silencio que contribuye de manera decisiva para que la narración sea un acto participativo, un acto en el que pesa tanto el silencio del que escucha como la palabra del que cuenta.
    Y sigo disfrutando. A partir de ahora, el libro comienza a relatar las historias seleccionadas de aquellas que se contaban en Venta Silvina tras las deliciosas cenas que el cocinero protagonista organizaba. De momento dos contadas por mujeres: una compañera de piso gallega y un tanto enigmática con conxuros y meigas incluidos, y otra de un amigo de nombre Abraham que, también sin quererlo, se convierte en motor de vida. Un lujo para acabar agosto.

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