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    EL SOLDADITO DE PLOMO


    A. Jörg MÜLLER
    I. Jörg MÜLLER
    E. Lóguez, 2005


    La primera impresión al sostener este álbum en las manos es que es un libro grande. Cuando lo abrimos y lo paseamos, lo confirmamos. Pero cuando, detenidamente, lo vamos saboreando, nos damos cuenta de que nos habíamos equivocado: grande es poco para definir este libro.


    Jörg Müller, premio Hans Christian Andersen de ilustración,  ya nos tiene acostumbrados a llamarnos desde los detalles de cada ilustración. 


    En esta ocasión no le hace falta vociferar ya que esta versión del clásico soldadito carece de texto escrito, pero, no te preocupes, nos llenará de palabras y de preguntas.


    La portada ya es para detenerse. Un barco escorado por el peso del protagonista, admirado por un perro lastimero del que tiran fuertemente para que no se detenga, y dos personas, una adulta y la otra menor, que impasibles caminan sin ver, ni tan siquiera intuir, lo que pasa a nivel del suelo. Y es desde este nivel y perspectiva desde el que nos presenta la mayor parte de la historia. Creo que en ilustración se llama contrapicado, y así, nos presenta al soldado que aparece junto a las ratas, bajo las tablas del entarimado de un piso con nuevos inquilinos, que pintan y decoran a su gusto. El soldado es entregado a un bebé que crece a niño y juega con ese y mil juguetes más, mientras los adultos miran la televisión, y que sigue creciendo a adolescente y abandona todos sus juegos en un montón ostentoso de desorden para jugar con el ordenador y con la puerta, eso sí, cerrada ya.


    Después vendrá el abandono en la basura, el azar de alguien que pasa y lo mete en un barquito de papel, el azar de nuevo que hará que se una a la bailarina, que en este caso es una barbie desaliñada y despeinada, despojada (con violencia asemeja) de todo glamour y coquetería, y el comienzo de un viaje por el subsuelo urbano de cualquier ciudad del primer mundo, lleno de ratas y desperdicios donde la miseria está, pero no se ve.


    De ahí al mar, y el viaje sin rumbo, pero esta vez sin la diversión de Catalina y el Oso, hasta llegar a la boca de un pez que es pescado y despiezado en otro paisaje muy distinto: África, con su buque de guerra y su pobreza. Con sus miserias al aire, a la vista de quien quiera mirarlas. 


    Los desperdicios son transportados a una ilustración brutal que te abre algo más que los ojos y muestra una montaña de basura donde se mezcla lo orgánico cono lo no orgánico, y fuego, y donde varias personas revolotean el trasero de un camión recién llegado como las gaviotas persiguen a los pesqueros. Aquí una señora recoge  el soldado y la barbie y se los lleva a su niño que vive sonriente en una chabola de lata y cartón, pero que no teniendo nada,  dignifica a los dos personajes atusando el pelo de ella y dotándola de una vestimenta local (barbie étnica) y devolviendo a la verticalidad a él en una de las pocas ocasiones en las que el soldadito se mantiene en pie por sí solo. 


    Con ayuda de su padre construye el niño, a partir de una lata, un coche descapotable para sus dos nuevos juguetes y seguir así disfrutando del juego y la alegría que da la ilusión y la imaginación.


    Por allí aparece un turista de los de camisa abierta y bermudas, con cámara en mano, dispuesto a comprar bajo coste cualquier trozo de miseria sorprendente, y por un dólar cambia "coche, soldado y barbie" al niño. Después regresa al Hotel Paradiso (que hasta el nombre está lleno de significado) donde toma un güisqui mientras charla sobre su nueva adquisición. Y regresa a Europa, a una ciudad de similares características que aquella en la que comienza la historia, pero esta vez, el soldado acaba junto a su princesa, sobre el coche, en una vitrina transparente de un museo olvidado donde un celador dormido da cuenta de que el soldado vuelve a ser tan invisible como en la portada.


    Una historia de ida y vuelta donde la orilla del primer mundo y la de ese que se llamaba tercero, se dan la mano ya que cada vez, con sus opulencias, abundancias, miserias, escaseces, desigualdades, intensidades, ilusiones, relaciones familiares y sociales, culturas de ocio y capacidades y recursos imaginativos, quedan cada vez más cercanas, aunque nos empeñemos en pensar que siguen estando lejanas.


    Un libro para mirar, remirar, y volverlo a hacer ya que cada vez nos susurra palabras distintas.


    Feliz lectura, feliz semana, esta con dos sugerencias, ya que la pasada me resulto imposible hacerlo.



    4 comentarios:

    Rose dijo...

    Aissss... qué ganas me han entrado de "leer", mirar, soñar, recordar y llorar este libro.
    Justamente ando estos días ojeando el nuevo catálogo de Loguez, y éste precisamente no había llamado mi atención. Pero después de leerte...
    Buen día.

    mic dijo...

    Recién conozco el blog, guiada por Rose desde Discreto Lector. Una maravilla y quiero ese libro ya. Pero una maravilla como lo has descripto. Muero de envidia.

    Félix Albo dijo...

    Pues ya nos contarás Rose a ver qué te parece cuando lo tengas en tus manos y lo disfrutes.

    Gracias mic, será un placer tenerte por aquí.

    Gracias por comentar.

    Rose dijo...

    Tenías razón. Una maravilla. Y aunque te deja una sensación de tristeza, o desazón, es para no cansarse de mirarlo.
    Gracias.

     

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