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    El río que se secaba los jueves. Cap. VI.


    Martes... madre. Vamos de mal en peor.

    Menos mal que andamos leyendo y eso siempre le salva a uno.

    El capítulo sexto de este bello libro se titula La infancia como una de las bellas artes. Yo no sé si la infancia es un arte más. Sí que sé que es una etapa de la vida fundamental e inolvidable. En ese periodo de vida es donde se realizan cosas que ocuparán más lugar en nuestra memoria consciente y en nuestra memoria inconsciente. Por ello, muchas veces, en enfermedades cognitivas, los escenarios de la infancia vuelven al presente mezclándose con nuestros conocimientos actuales. Pero bueno, que me estoy liando. Este capítulo no va de eso. Se trata de cuentos, de sucedidos donde los niños y niñas (dos, Sara y una irlandesa) son los sorprendetes protagonistas o/y responsables de todo lo que en ellas (las historias) acontece. Nada, que hoy estoy lioso.

    El niño agua es un niño que se transforma en agua. Eduardo otro, que gracias a que no se creía que Honolulú existía le invitaron a... bueno, ya lo pone en el libro. Honolulú era el lugar donde Mortadelo y Filemón se iban en ocasiones cuando querían desaparecer por un tiempo directamente proporcional a la cagada que habían hecho y sí, es cierto, tiene un nombre que suena a inventado. Pero Mortadelo y Filemón no aparecen en el libro. Quien sí aparece es Ataúlfo, un niño ecuatoriano e invisible. Y Hermenegildo y Top, que son dos gemelos como dos gotas de agua de lluvia de otoño en el mismo cristal transparente. O Carlos, un santanderino de orejas grandes y enamorado de Florinda; o un niño anónimo al que su madre le borraba las ideas y los recuerdos con un cepillo. Sí, sí y no pongas esa cara que, al parecer, es un mal de lo más común, pero en el cuento también nos da la solución. U otro que empieza el cuento sin nombre porque lo ha perdido y lo acaba con uno que le da la solución pero que, como dice el refrán, es peor el remedio...

    O Sara, una niña inventora y con corazón y escucha hacia sus creaciones, o no. O la historia de otro niño sin nombre, pero este no lo había perdido, simplemente no aparece, pero tiene una lámpara que, como muchas personas, a simple vista parecen una más pero cuando las conoces, cuando intimas, resultan ser maravillosas. O la otra de la niña irlandesa que hablaba con Nueva York a viva voz, como estas personas que hablan en el vagón del tren para todo el vagón, y el tren, y las estaciones, y los paisajes, y...

    O la historia del niño que le encantaba leer y que se llamaba, se llamaba... Kevin, o Marcelo, o Panoramix, o Paquito, o Jorge, o Frodo, o Castafiore. Da igual, es el mismo niño. ¿Que no te lo crees? Pues en el libro te espera.

    A mí, la historia que más me ha gustado es la de los gemelos Hermenegildo y Top. Se me quedó una carica mirando a Top, ¿o era hermenegildo?... Y la ilustración de ese cuento de Pablo Amargo es una caña, la de esta página y la de 147, no me digáis. He puesto debajo un marcapáginas que me regaló mi buena amiga, narradora e ilustradora Cristina G Temprano y que me acompaña durante mis ratos de lectura (el marcapáginas, no Cristina).

    Pues ale. Vamos a por el séptimo, en esta semana misma. Va de daños colaterales de las monarquías. Se titula... Reyes, príncipes, princesas... y todo eso.

    ¿Y vosotros? ¿Qué contáis?

    Abrazos a capazos.

    Félix Albo


    1 comentarios:

    Víctor González dijo...

    Seguiré dando las gracias, Félix.
    Muy bonito el marcapáginas y curiosa la sorprendente similitud. Seguro que a Pablo le gusta. Por cierto, no quiero meterte prisa, pero el mes que viene sale un libro mío nuevo: "El hombre sin ayer", con unas ilustraciones maravillosas de Sean Mackaoui. Ya puedes ver -solo la portada de momento- en mi blog.
    Un nuevo abrazo agradecido y... estoy a tu "dispo".
    Víctor.

     

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