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    El río que se secaba los jueves


    Ya anda Soledad rumiando un nuevo libro, para leer por etapas, como este. 

    El capítulo ocho es un capítulo loco, disparatado. Volvemos a retomar ese mundo fantásticamente real en el que se mezclan finales soprendetes, claro que el tema no es para menos: Vaya invento.

    Un niño que inventa una máquina de cuentos, por ejemplo, que nos regala un texto de demostración generado por la máquina y que un presidente declara de utilidad pública. No me digáis. 

    Una fábrica de princesas, una receta de sepias adobadas con crestas de gallo y puré de almendras con la que se te queda cara de bobo, un cuento afilado sobre las propiedades curativas del oro, la niña que tenía un genio terrible, la historia que no cuenta del hombre que entró en un burdel y despide con un "otra vez será" y te deja lleno de ganas de conocer el resto, el todo, y la bella y sutil historia de El prólogo más largo del mundo que cierra el capítulo con solemnidad.

    Irremediablemente, tras disfrutar de este ocho loco, leemos el nueve: En el principio.

    El título, como todos, promete. Vaya lujo de libro, oiga.

    Feliz lectura.

    Félix Albo

    2 comentarios:

    Víctor González dijo...

    Otra vez gracias, Félix. Y reitero mi disposición a lo que quieras (como no he recibido respuesta a mis otros correos, no sé...). Un abrazo enorme,

    Víctor González dijo...

    Otra vez gracias, Félix. Y reitero mi disposición a lo que quieras (como no he recibido respuesta a mis otros correos, no sé...). Un abrazo enorme,

     

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