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    CLELE: EL GRITO DE LA GRULLA




    Escrito por Samuel Alonso Omeñaca
    Ilustrado por Tino Gatagán
    Editado por Edelvives, en el 2007 (1ª ed. 8ª impr.)

    comentado por Félix Albo

    Un prólogo, catorce capítulos, un epílogo y un índice desindexado. Estructuralmente el libro es aparente. Pero cuando uno se dispone a leerlo, enseguida se da cuenta de que no se trata solo de apariencia.

    Diré poco: Un texto rítmico, sin titubeos ni escarceos; directo y exacto. Quizá sea eso lo que provoque, en una primera impresión, una cierta distancia, pero qué va, con arte y oficio, el autor nos sumerge en la intimidad del personaje principal y todo su entorno. Incluso en ocasiones, parece que la historia se nos susurra de la cercanía e intimidad que transmite. Impresionante; esa es la palabra.

    Diré poco. Pero contar una historia ambientada no en una guerra (palabra que en ningún momento aparece escrita en mayúsculas y se agradece), sino una barbarie como la de Hiroshima o Nagasaki; contar la historia de un niño en ese ambiente sin caer en sensiblerías o en tomar partido, en mirar con ojos de adulto en un cuerpo de niño, en mirar con ojos de niño desde un cuerpo de adulto, es extremadamente admirable. Desarrollando además un puzzle compuesto por la historia principal que va y sigue sin perder ni tiempo ni detalle, con tres cuentos japoneses entrelazados no al azar sino para reconfortar y enmarcar más aún cada momento de la historia,  y la explicación e invitación a hacer una grulla de papel (con gráficos explícitos y fáciles) dotándola además de un sentido tradicional y emocional únicos, hacen de este libro un imprescindible. 

    Diré poco, pero no puedo evitar repetir (perdón) que para mí es imprescindible. Leer disfrutando, escuchando, aprendiendo, pensando y soñando. Acompañado además por unas ilustraciones que sugieren imágenes sin entrar en mucho detalle. Quizá porque no lo necesite. Quizá por armonizar con el texto que con trazos limpios y seguros dibujan en la persona que lee todo lo que va ocurriendo.

    Diré poco. Solo que la historia nos lleva y nos trae por el cotidiano de un niño que sabiendo de lo extraordinario de la guerra, la utiliza como motor en sus juegos y en sus sueños. Y así nos sentamos en la escuela donde la voz del maestro se mezcla con la imaginación del protagonista; o en el descampado del barrio alto donde su amigo Noriaki y él esperan ver pasar las grullas y se conforman con ver pasar los cazas o darle forma a las nubes; o en un refugio mientras dura un bombardeo; o fuera de él mientras dura un bombardeo; o en casa, donde la ausencia del padre aviador es más que suficiente como para guardar silencio al respecto, y manifestar cariño y unión; o momentos íntimos, como las dudas, las reflexiones, las contradicciones, la lectura de cartas de amor adulto, o el llanto de una madre.

    Diré poco. Pero cuando uno acaba la lectura de este libro que la editorial recomienda a partir de los diez años, siente que ha leído una historia única, con una tremenda carga emocional pero a la vez silenciosa, donde la tradición y el respeto orientales son dos de los ejes sobre los que mueve el motor de la historia y, sobre todo, que aún sin definir en demasía al personaje protagonista (no digamos al resto), uno acaba con ganas de darle un abrazo o, mejor, mandarle una grulla de papel con todo lo que, después de la lectura de este libro, ese hecho significa.

    Diré poco. Mejor que te lo cuente Junichiro, a través de esta delicada obra de Samuel Alonso. Si no la has leído ya, claro. Y si lo has hecho... ¿qué te parece?

    1 comentarios:

    Víctor González dijo...

    Respondo: me parece una maravilla. Un abrazo,

     

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